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Mala-res y la estrella de Belén.

   Mala-res y la estrella de Belén. Un mango cayó sobre la cabeza de Mala-res, se había comido cuatro; pero el color amarillo-dorado de esa fruta se veía tan, pero tan provocativa que recogió un puñado de piedras para tumbar un gajo. -¡Camilo Ernesto! Gritó su madre desde el viejo rancho de palmas, típico que si su madre lo llamaba por su nombre completo ya Mala-res sabía que había un inconveniente por arreglar. Corriendo como el viento se presenta para ponerse a la orden y así limar cualquier aspereza. -¿Dónde está el pabilo para amarrar las hallacas? Donde tú me lo hayas agarrado para hacer papagayos... no voy a hacer ninguna cena de navidad. dijo su madre con manos en la cintura y cara de pocos amigos. -Mami por lo más sagrado que tengo que eres tú, yo solo lo agarre para guardarlo; porque el gallo pinto lo tumbo de la mesa.   Malares ayudó a su madre a buscar el pabilo oyendo sin atención el palabrerio que le propinaba lleno de amenazas:  —Cuando me muera no se ...
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CUENTO: LOS FORASTEROS.

 LOS FORÁNEOS. La brisa de este pueblo me susurró en el oído como si me quisiera dar aviso de algo, seguí caminando por la fragmentada acera desaparecida en algunos tramos. La lluvia de la mañana había dejado los huecos del deteriorado asfalto rebosantes de agua amarillenta, empeñada en mancillar la pulcritud de mis zapatos blancos a poco usar.  Los seis años de mi ausencia no parecían tan largos ni tan cambiantes en mi memoria, las casas abandonadas reflejaban lo contrario. Solo dos casas de las cuarenta y cinco estaban ocupadas, una por don Mariano, por la necesidad supongo de alimentar su aserradero de la tupida montaña que sombrea por las tardes al pueblo. La otra, era la de los Colmenares, me imaginé muchas veces de pequeño viviendo en esa casa. Creo que me atraía el aspecto tétrico que daba su cerca de enredaderas junto a las dos columnas con cabeza de dragón en el extremo superior qué adornaban el frente. Era silenciosa así la recuerdo.  A los viejos Colmenares se...

Poema: mi aprendizaje.

 MI APRENDIZAJE. El valioso precio del silencio lo he tenido que pagar con la imprudencia de mis palabras, la susurrante victoria que brinda la paciencia, la he visto pasar de lejos por no frenar los pasos de mis ajetreadas decisiones. He recorrido el mundo habiendo aprendido poco, he desechado los destellos de la felicidad por tomar lo abundante y efímero de lo material, esos que al perderlos hasta el recuerdo se llevan. He vivido con tres centavos de amor y un millón de tormentos, con menguada paz y exagerado enojo. Paliando el dolor con consuelos vanos. Multiplicando el refrigerio de la esperanza para no morir de sed. He caminado tanto que el dolor de los pies desaparece con la distancia, he recibido tanto por piedad como por pasión. He tanteado en la oscuridad de la tragedia buscando la lámpara del sosiego, he brindado por el dolor de la separación convenida y me he lamentado por la unión que estorba a la serenidad. Pensaran que he aprendido mucho, yo sin embargo diría que poc...

La enfermedad del páramo.

LA ENFERMEDAD DEL PÁRAMO. La historia con la predilección de su función enseña que cada cierto tiempo una epidemia sacude la población, sacando de la humanidad dolor, pérdida, y los más precavidos aprenden después de lidiar con el asedio de las noticias que bombardean a cuenta gotas su paz a no tomar medidas que violen su libertad ni su cordura. También trae a flote el escepticismo de los que no creen que el agua moja o el fuego quema. En el pueblo de Chiguará una joya perdida de los paramos andinos, ocurrió la más extraña de las enfermedades comunitarias. No se transmitía por la respiración, la saliva o el sudor ni las heces. Era tan silenciosa, que no se podía notar manifestación alguna para cortar con la cadena de contagios debido a la ausencia de sígnos de alarma. Sin embargo había un síntoma y sólo se podían manifestar a través de las palabras, sería por eso que los más cerrados en el trato eran los más afectados.  Así era Maria Clarisa una joven que había aprendido a mirar ...

Repartidor de visitas.

  Repartidor de visitas. A los 17 años Sandra pensaba que el mundo se comía como pan y café con leche, abandonó la universidad para unirse a la sociedad juvenil del partido anarquista. En su círculo social el estudio era una manera opresiva y deshonrosa que sólo complacía a los viejos que les encantaba escribir con sus lápices el futuro de sus hijos. No le parecia que eso fuera ni siquiera un poco justo, no para una chica de espíritu libre como ella que aborrecía las normas de un hogar donde no escaseaba el amor.  Se encerraba en su habitación para alejarse de los sofocantes consejos de su madre, que casi siempre terminaban en un ruego enjugado con lágrimas. Tenía postes en las paredes, de rostros blancos con risa fantasmal y flecos en la frente, pintados sobre fondo negro. Se le podía pasar las siete vidas del gato de haberlas tenido, consumiendo contenido en las redes, frotando la pantalla una y otra vez tejiendo un hilo infinito del sin sentido de la vida. Al cumplir los 18...

ELEUTERIO ENTRE AMORES Y CANCIONES

 ELEUTERIO ENTRE AMORES Y CANCIONES. En el lienzo partido sobre el horizonte de una tarde gris de junio, dibujaba Eleuterio Aponte con una melodía fandangosa y una letra satírica salpicada de romance, la figura de una mujer que le espantaba la melancolía entre el reposo de los algodonales. Rasgada la camisa por el jalonear de los espinos, al igual que el pantalón que ya había dejado los pedazos del ruedo en el rigor de la brega campesina. Estaba volviendo a tocar después de un mes de sequía creativa, abandonado por la musa, que al parecer se había marchado a otras pampas enamorada del viento barinés. El cuatro, su compañero de serenatas lo había perdido una noche de parranda, donde la euforia de los tragos le hizo perder la compostura al sentirse ofendido por un cantante, quien le alardeo ser un contrapunteador mediocre y sin estilo propio. Con el orgullo herido por la mancilla de aquella ofensa, fue víctima de una paliza y terminó con las estillas del cuatro en la cabeza. —Y era ...

LA ÚLTIMA ESTRELLA DEL GENERAL.

  LA ÚLTIMA ESTRELLA DEL GENERAL. El susurró de la muerte pronunciaba al oído del General su nombre entre cortado. Tenía la sensación de que la vida se le espantaba de su cuerpo, metió la mano debajo de la guerrera por el lado izquierdo de su abdomen, estaba gravemente herido. Sacó la mano ensangrentada y la miró por un instante como si mirara un retrato melancólico que le arrancara una sonrisa, sonrió el General. Daba pasos trémulos sin saber hacia donde, su refugio fue un arbusto de alelí que alguna mano quizás plantó para que un desdichado se refugiara en su regazo. Allí se recostó, concentrando sus últimas fuerzas en sus piernas para no caer.  "Los valientes morimos de pie".  Se repetía así mismo, extendió la mirada hacia la distancia lúgubre, buscando el rostro de su hija mayor en el horizonte, Estrella Marina. La miró pasar de repente con un vestido púrpura, con pies descalzos celebrando su graduación de médico, le sonreía al general con la inocencia de la despedida...