Mala-res y la estrella de Belén. Un mango cayó sobre la cabeza de Mala-res, se había comido cuatro; pero el color amarillo-dorado de esa fruta se veía tan, pero tan provocativa que recogió un puñado de piedras para tumbar un gajo. -¡Camilo Ernesto! Gritó su madre desde el viejo rancho de palmas, típico que si su madre lo llamaba por su nombre completo ya Mala-res sabía que había un inconveniente por arreglar. Corriendo como el viento se presenta para ponerse a la orden y así limar cualquier aspereza. -¿Dónde está el pabilo para amarrar las hallacas? Donde tú me lo hayas agarrado para hacer papagayos... no voy a hacer ninguna cena de navidad. dijo su madre con manos en la cintura y cara de pocos amigos. -Mami por lo más sagrado que tengo que eres tú, yo solo lo agarre para guardarlo; porque el gallo pinto lo tumbo de la mesa. Malares ayudó a su madre a buscar el pabilo oyendo sin atención el palabrerio que le propinaba lleno de amenazas: —Cuando me muera no se ...
LOS FORÁNEOS. La brisa de este pueblo me susurró en el oído como si me quisiera dar aviso de algo, seguí caminando por la fragmentada acera desaparecida en algunos tramos. La lluvia de la mañana había dejado los huecos del deteriorado asfalto rebosantes de agua amarillenta, empeñada en mancillar la pulcritud de mis zapatos blancos a poco usar. Los seis años de mi ausencia no parecían tan largos ni tan cambiantes en mi memoria, las casas abandonadas reflejaban lo contrario. Solo dos casas de las cuarenta y cinco estaban ocupadas, una por don Mariano, por la necesidad supongo de alimentar su aserradero de la tupida montaña que sombrea por las tardes al pueblo. La otra, era la de los Colmenares, me imaginé muchas veces de pequeño viviendo en esa casa. Creo que me atraía el aspecto tétrico que daba su cerca de enredaderas junto a las dos columnas con cabeza de dragón en el extremo superior qué adornaban el frente. Era silenciosa así la recuerdo. A los viejos Colmenares se...