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CUENTO: LOS FORASTEROS.

 LOS FORÁNEOS.

La brisa de este pueblo me susurró en el oído como si me quisiera dar aviso de algo, seguí caminando por la fragmentada acera desaparecida en algunos tramos. La lluvia de la mañana había dejado los huecos del deteriorado asfalto rebosantes de agua amarillenta, empeñada en mancillar la pulcritud de mis zapatos blancos a poco usar. 

Los seis años de mi ausencia no parecían tan largos ni tan cambiantes en mi memoria, las casas abandonadas reflejaban lo contrario. Solo dos casas de las cuarenta y cinco estaban ocupadas, una por don Mariano, por la necesidad supongo de alimentar su aserradero de la tupida montaña que sombrea por las tardes al pueblo. La otra, era la de los Colmenares, me imaginé muchas veces de pequeño viviendo en esa casa. Creo que me atraía el aspecto tétrico que daba su cerca de enredaderas junto a las dos columnas con cabeza de dragón en el extremo superior qué adornaban el frente. Era silenciosa así la recuerdo. 

A los viejos Colmenares se les veía poco la cara durante el día, pero por las noches se sentaban en dos sillas mecedoras sobre el jardín, dejándose ver desde la calle de los hombros hacia arriba, por encima de las frondosas enredaderas. Acompañados por Roberto el único hijo que tuvieron, con quien jugué tantas veces en la planicie del roble. Escuché que gritaba desde el fondo del patio y quise saludarlo, llamé tres veces desde la puerta de la cerca, sostenida por algunos puntales que se resistían a las termitas, pero no recibí respuesta –estaria ocupado– supuse.

Seguí caminando levantando la maleta de cuando en cuando para no mancharla con el fango, recordé que cuando salía por las tardes con mi abuelo, él solía alzar la mano en señal de saludo a los vecinos casi a cada paso que daba.

Me detuve un momento frente a la casa de doña Carmina, todos la tenían como la de lengua caliente del vecindario, nunca tuvo hijos ni se le conoció marido. No había pleito en el vecindario qué no llevase en medio de la discusión la frase: "me lo dijo Carmina". 

Tenía un arte esa mujer para hacer los mejores helados de guayaba y mango que he probado en mi tierra y en las que he sido extranjero. Aún se mantiene en pie el kiosko de latón donde los vendía, un dia desapareció sin dejar razon. Algunos especularon que se convirtió en una guacaba y se marchó volando a la montaña.

Caminé con lentitud oyendo los golpes de un hacha qué rompieron el silencio de mi meditación, las tres casas en medio del kiosko y la mía, no desentonanban su derruida fachada con el entorno. La vivez se había ido volando sobre las alas de la emigración, que sin compasión dejaron el asentamiento condenado en la silla de la melancolía inmerecida. Al llegar a casa fui directo al patio trasero para visitar la tumba de mi abuela, no es por costumbre que se enterró a la abuela en el patio, fue por falta de combustible. Aún cruje el tronco restante del roble, de donde don Mariano me ayudó a sacar las cuatro tablas para la urna. Estaba llena de maleza, y por lápida un arbusto de tamarindo qué sembré antes de marcharme, no pude hacer los mismo con mi abuelo, no me entregaron ni las cenizas por control durante la peste. Empujé la puerta trasera que se sostenia solo en la bisagra de arriba, pasé hasta la sala y me senté en una butaca de madera y cuero que a pesar de rechinar aguantó mi peso, abrí la maleta para sacar un chocolate qué había comprado en el aeropuerto de Chile, caí en cuenta que esa maleta tenía más cosas que la pasada cuando me fuí al exilio, pero recuerdo que aquella pesaba mas por las piedras de la amargura que por los enceres.

Me encerré en las paredes de la negación para no caer en cuenta que aquello por lo que tanto anhelaba volver, solo se hallaba intacto en mi memoria. Así estuve por tres días desmalezando la tumba y desempolvando los muebles y las pertenencias de mi abuela, arrumadas en un cajón de madera de azafrán. 

Todas las tardes las veía grises, eran típicas en el mes de junio por el invierno; pero no en abril, divago si la razón sería el clima. A la cuarta tarde después de tomarme un café y observar en silencio las opacas brazas de la cocina de barro, se me fue el oído tras el ruido de los golpes del hacha, venían como de costumbre del aserradero. Así que me dispuse a hacerle una visita a don Mariano. Lo saludé en voz alta desde la puerta del taller, recordé que era medio sordo. Al percatarse de mi presencia soltó el hacha bruscamente, y se me vino encima balanceándose en su marchar de pato para echarme los brazos al cuello, no se le había borrado mi rostro de su memoria. En su cara se dibujó mi bienvenida. 

Conversamos un rato ameno, me puso al tanto algunas cosas que casi no le dejaba terminar para preguntarle por otra, se me fue la perspectiva de aquella tarde por el gusto de mi oído, que me hizo pasear por la acaramelada senda del regocijo que produce el recuerdo, mezclado con el amargor que trae el no poder resucitar los actores que viven en el, y vienen siempre a tocar mis lagrimales. 

—¿Por qué solo guardas leña y no tablones? —le pregunté.

—Ya no hago muebles... nadie los compra, ahora solo saco leña y to' los miércoles pasa un carajo qué va para Valle de la Pascua y se la lleva, la gente la compra como no hay gas. Me la pagan con dinero o con algo que sirva de trueque y me de para llenar la tripa y sobre vivir.

—¿Y que pasó con la gente?

—Todo el mundo se fue Juan, sobre todo la muchachada, los más viejos en el hueco, yo soy un afortunado qué aun no estoy en la lista de la pelona, quien sabe porque razón.

—¿Y Roberto? 

—Ese carajo quedó malo de la cabeza, despues de la muerte de sus viejos, yo creo que fue el remordimiento. Cuando fallecieron el estaba en Uruguay, no los pudo despedir ya tenia un porción de tiempo afuera, ni siquiera los pudo enterrar, la alcaldía se encargó de la sepultura. Le quedó el consuelo que se los enterraron en el patio, ahora no sale y dice que pasa el día atendiendo a los viejos.

Me despedí de Mariano oyendo el canto acusatorio de un pájaro "Cristo fue, Cristo fue". Al pasar de una semana, llegó un camión de cargar ganado como con treinta personas en la jaula, el tumulto de sus voces espantó unos azulejos qué se peleaban por un nido en uno de los arbustos de la casa de los Colmenares. Parecían orientales por lo abrumador de los gritos, se podía notar que venían de lejos por la cantidad de sacos de fardo llenos de cuantos enceres Dios y ellos sabrían.

No quise acercarme para no parecer curioso, aproveché para volver a llamar desde el portal del jardín. Al tercer grito rechinaron las bisagras de la puerta, y se asomó con una precaución extrema un hombre que dejó entrever sus canas revueltas y el entrecejo arrugado como si le molestara la luz del sol.

—¡Roberto, ¿eres tú?, soy Juan!

Me quedé con las manos en los bolsillos del pantalón, plantado sin intensión de marcharme antes de cruzar palabras con el hombre, si es que aún vivía un espíritu en él. De pronto oí una voz ronca y atragantada:

—¿Que Juan?

—El nieto de Adelia —contesté a la ligera.

Abrió la puerta de par en par, como clara señal de invitación. Pasé a la sala oyendo el rechinar del mohoso piso de madera bajo mis pisadas. Sus ojos eran incongruentes al sonido de mi voz, le pregunté cosas comunes que surgen entre dos amigos que hace tiempo no comparten. No recibía de él más que respuestas monosílabas o algún movimiento de cabeza para afirmar o negar. Conectó su mirada con mi rostro cuando le pregunté por sus padres.

—No hables tan alto, no les gusta que hable de ellos.

Y volvió a su mirada perdida. Roberto se había convertido en un escarabajo sin espíritu que arrastraba la pelota de su pasado sin saber a donde ni hasta cuando. Había dejado de vivir, a mi juicio, esperando la licencia para hacerle compañía a sus padres, el día que el instinto de respirar lo abandone. 

Los recién llegados se apostaron en las casas vacías a su antojo, cocinaban una sola vez al día en una olla grande al frente del kiosko de doña Carmina. Comían en el suelo eran andrajosos desde el más niño hasta el más viejo, por las noches sacaban un equipo de sonido a la calle y formaban un alborozo hasta después de la media noche. 

Me acerqué a uno de los hombres que apagaba los tizones con salpicones de agua, le saludé interrumpiendo su afán. Les pregunté de dónde venían.

—Quisiera decirle lo que es evidente, que vamos de viaje, pero vamos huyendo.

Observando la sorpresa en mi rostro, no me dio tiempo de mal pensar de haberlo querido.

—Vengo con mi familia, mis dos hijos mayores con sus esposas, uno con cuatro críos, el otro con tres y yo con dos qué aun encamino junto a mi señora. Para no dejarle la inquietud, le voy a contar el motivo. Hace tres días los hombres aquí presentes perteneciamos a la organización de liberación del pueblo, ¿la habrá oído usted de seguro?. Que no son ni de liberación ni del pueblo, pero eso no se lo debía aclarar, de donde venimos la sordera nos escucha y el silencio nos delata. Desertamos para no seguir trasquilando corderos inocentes.

—Si supiera que no, con decirle que ni los billetes de curso los he conocido, aun me enredo con los precios. Hay muchas cosas que me son extrañas en mi propia tierra.

—Entonces entiendo que usted ha estado fuera, para nosotros también hay cosas extrañas y eso que no hemos salido. A la represión le llaman orden, a el hambre le llaman bloqueo, y a quien piensa y expresa lo que el gobierno no aprueba, le llaman delincuente... hay muchas cosas mi amigo que usted desconoce en verdad.

 Dijo que venían de la capital, salieron solo con lo que tenían encima. En el camino recogían enceres qué de buena fe les regalaban almas que se compadecían de los desplazados. Dos semanas estuvieron llenando con su algarabía al vecindario, debían reponer fuerzas para llegar a la frontera con Colombia en el camión, a pesar de las llantas lisas y el alternador a medio dar. Y de allí atravesar la selva rumbo al norte. 

El silencio volvió a reinar, el cosquilleo de la incertidumbre me dio comezón en los pies. Se había tartado en llegar, quizás por estar distraído con los forasteros, así les llamaba yo, como si fuese diferente a ellos. Saqué una botella de vino de Mendoza la habia comprado en mi viaje a la Argentina, y fui al aserradero para invitarle un trago a don Mariano. Al primer trago halagó con intensidad la reserva, lo lleve al terreno del consejo sin permiso.

—¿Cree usted que debo irme?

Me respondió en el mismo tono:

—¿Tiene motivos para quedarse?

—Me parece que no, lo que vine a buscar ya no es palpable.

—Mírame a mí —dijo señalándose así mismo y a su hacha clavada en un tronco —yo tengo aquí mi refugio... lo necesario pa'mejor decirle. Y otra cosa amigo Juan, para mi el refugio se basa en dos cosas: encontrar paz y servir. Y le digo que en época de escasez de gas, un vendedor de leña es diamante en bruto.

Dos días después de aquella conversación con don Mariano, reacomodé las pocas cosas que había sacado de la maleta. No para volver a Santiago, mejor rumbo me pareció Europa. Con la esperanza de encontrar el refugio donde no me vuelva a dar esa picazón en las patas qué muchos desterrados padecen. Recuerdo los días en que este pueblo era alegre y la gente comenzó a irse. Aún las despedidas eran alegres, todos se despedían entre lágrimas y causando esas cosquillas en el estómago por el pronto regreso; pero no fue así. Este pueblo como todos, tiene su propio sabor en la brisa. Sabe a desolación, sabe a familias que nunca soñaron con salir más allá de las faldas de la montaña, sabe a gobierno de indolentes. Se murió y no hay lugar para enterrarlo ni dolientes que lo velen, hasta los perros flacuchos con su coro de aullidos nocturnos desaparecieron.

Don Mariano tiene su refugio en el golpe del hacha y el crujír de los troncos secos, Roberto en su mística locura, se les romperá la monotonia cuando otra comparsa de viajeros dispuestos a cruzar la frontera se refugien de paso, hasta doña Carmina si la leyenda es verdadera, encontró su lugar en los arboles del monte. Pero yo, debo huir de un no se que, porque no encontré ese algo. Tal vez en la madre patria consiga una puerta, que no sea la del muladar, que se abrió de par en par en la única calle de mi pueblo.

Creo que el viento intentó decirme al llegar que me alejara de la trampa del recuerdo, siempre por más dulce que sea el señuelo de su seducción, en el fondo del vaso siempre habrá azúcar de hiel.

Dos cosas quisiera reescribir si pudiera, no haber sido obligado a marcharme y que esto que fue mi pueblo, no hubiese dejado serlo. No anduviera yo en este andar, forastero aquí y forastero allá.


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