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LOS CONSEJOS DE RAFAEL.


 

Los consejos de Rafael

Se sentó el viejo Rafael sobre su sillón mecedor de madera de caoba, rechinaba en cada balanceo como si se quejara de la figura pesada de su huésped; era un  deleite para mí oírlo recitar en versos tantos consejos, que parecían cargados de una sabiduría recibida de un maestro como el rey Salomón. Pidió una taza de café tinto a su adorada Juana, quien lo endulzaba con amor añejo bien cargado de años; ese momento indicaba que el recital de una boca, abría el manantial de los misterios de la vida.

-         -  No confundas humildad, con la simpleza sin ganas; he visto muchos infiernos viviendo en casas de paja.

-        -  No confundas la soberbia con el dinero y la fama, la soberbia esta en pecho no en una cuenta bancaria.

-        -  No creas que ya te olvidó por no decir que te ama, fíjate más en sus gestos y sobraran las palabras.

-        -  Aprende que un buen amigo, dice la santa palabra es quien propone su vida  pa’ que la tuya sea salva, si estas alegre lo invitas si estas triste, no hace falta; que tu tengas que llamarlo para soportar tus cargas.

-       -   Discusión de hijo y padre es una regla sagrada, que debe callar el hijo mientras el padre se calma.

-        -  Aprenda a decir adiós cuando te viran las espalda, si una puerta se hace oscura otra alumbrará tu alma.

-        -  Si no quieres resbalar, te lo digo con confianza, no camines por el barro para que nunca te caigas.

-         - Nunca trates de cambiar la naturaleza humana, cambia solo aquel que quiere, el que no, ciega su alma.

-         - No estés regalando peces, eso lleva a la vagancia; enseña a pescar el pez, eso lleva a la esperanza.

-       -   Golpe de mujer no mata pero si deja la marca, pega más con sus palabras que un caballo con las patas.

-         -   La ternura esta en los niños, en los viejos la enseñanza, y en personas muy labiosas nunca pongas tu confianza.

Así terminaba sus versos, los que habían sido de deleite para mis oídos, se tomaba el último sorbo de café y, me decía:

-         - Ay muchacho cuanto te falta por aprender.

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