LOS FORÁNEOS. La brisa de este pueblo me susurró en el oído como si me quisiera dar aviso de algo, seguí caminando por la fragmentada acera desaparecida en algunos tramos. La lluvia de la mañana había dejado los huecos del deteriorado asfalto rebosantes de agua amarillenta, empeñada en mancillar la pulcritud de mis zapatos blancos a poco usar. Los seis años de mi ausencia no parecían tan largos ni tan cambiantes en mi memoria, las casas abandonadas reflejaban lo contrario. Solo dos casas de las cuarenta y cinco estaban ocupadas, una por don Mariano, por la necesidad supongo de alimentar su aserradero de la tupida montaña que sombrea por las tardes al pueblo. La otra, era la de los Colmenares, me imaginé muchas veces de pequeño viviendo en esa casa. Creo que me atraía el aspecto tétrico que daba su cerca de enredaderas junto a las dos columnas con cabeza de dragón en el extremo superior qué adornaban el frente. Era silenciosa así la recuerdo. A los viejos Colmenares se...
Un sitio para deleitarse con la lectura, y envolverse en la poesía.

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