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La farmacia de Hernán y el año del paludismo (malaria)


LA FARMACIA DE HERNÁN Y EL AÑO DEL PALUDISMO.
Con la construcción de la carretera, Cabruta pasó de ser el pequeño pueblo en el que no sucedia nada inusual, ubicado a la margen del río a ser el pueblo donde se cambiaron los medios de traslado como el burro y el caballo, por automóviles y motocicletas. Dejó de ser una sociedad endoeconómica y se creó la primera ruta de transporte pesado para comercializar el algodón, las verduras, leguminosas, la carne de ganado y el queso en las grandes ciudades. Ese mismo año llegó un farmaceuta llamado Hernán, cuyo misticismo sazonaba su sapiencia en la medicina convencional y la naturista, está segunda heredada de su abuela materna, una mujer muy instruida en los beneficios secretos que revelaban las plantas si se les trataba con delicadeza. 
El día que llegó junto a su mujer y a sus dos hijas, a la casa de un amigo suyo quien era un comerciante de origen libanes, llevaba consigo dos maletas repletas de medicina. Al entrar y antes de saludar a su amigo, le comentó a su mujer en voz baja:
—Algo malo se viene para este pueblo.
Su mujer decepcionada por la racha de predicciones desacertadas, no hizo mayor caso lo miró de reojo, movió la cabeza con gesto negativo y entró a saludar al libanes. Esa noche se acomodaron como les fue posible en la pequeña casa, y al quedarse dormido como una roca Hernán soñó que un enjambre de zancudos le sacaban la sangre y le inyectaban agua, dejando su cuerpo casi transparente. 
Al día siguiente mientras desayunaban le volvió a decir a su mujer:
—Algo malo se viene para este pueblo, lo soñé anoche, pero no puedo descifrar que es.
Su mujer lo había oído predecir tantas catástrofes que ya no reaccionaba ante la superstición exagerada de su marido, no se alarmó como la primera vez cuando soñó con gigantes que destruian el pueblo donde vivían, y por temor a ser aplastados recogieron lo necesario y se refugiaron en los matorrales, pasados dos días a la intemperie, llegó el circo cuya atracción principal era un hombre con un trastorno del crecimiento que media casi tres metros de altura. Al poco tiempo soñó que pasados tres días el pueblo ardería en llamas, hizo tal algarabía que todos atemorizados se fueron a levantar casas de palmas a la orilla del río para tener refugio en las aguas si las llamas los alcanzaban, cosa que no pasó. Así los sueños eran cada vez con mayor rango catastróficos, pero nada acontecía. 
Un lunes antes de las ocho de la mañana inauguró su farmacia en un pequeño local alquilado cerca del puerto. La primera farmacia del pueblo, cuyos medicamentos más solicitados eran el cafenol, recomendado por él para curar casi cualquier cosa, y un "remedio" que parecía hecho por el mismo diablo en complicidad con una madre de mal carácter para castigo de los niños mal portados. Un líquido de color rojo para desinfectar peladuras, capaz de transportar a la víctima a otro plano existencial llamado merthiolate.
La farmacia fue creciendo paulatinamente, además abrió una consulta dental ya que estaba certificado como dentista. Era tal la fama del farmaceuta que venían de otros poblados a buscar su opinión para levantar a algún moribundo, y en efecto casi siempre lo hacía combinando fórmulas magistrales que algunos calificaban de milagrosas. 
El sueño con el enjambre de zancudos fue recurrente, le parecía extraño ya que eso no le había pasado con los disparates de antes, los que había creído como profecía. Una tarde sabatina después de tomarse un té de hierbas se acostó temprano, sentía la seguridad de recibir la revelación esa noche. En la madrugada se levantó sobresaltado y le dijo a su mujer:
—Lo malo que se viene es el paludismo.
—¿Otra vez soñando disparates? —replicó su mujer —eso te pasa por acostarte sin cenar.
Hernán invocando el nombre de su madre muerta le aseguró a su esposa que está vez era cierto, por eso debía estar preparado con tratamiento para enfrentar la epidemia. Con las ganancias de la farmacia que no eran pocas, hizo un viaje a la ciudad y compró cuanto pudo sin escatimar gastos, lotes de pastillas de primaquina y cloroquina. Al regresar las resguardó en sitio apartado de la humedad y el sol, era su tesoro personal. 
—Vamos a quedar en la ruina Hernán, —expresó su esposa en un notable estado de incertidumbre.
El jefe civil al enterarse de la exorbitante compra fue a visitarlo con una carta emitida por la alcaldía donde luego de un extenso palabrerío revolucionario que ocupaba la tercera parte de la cartilla, exigía la custodia inmediata por parte del señor jefe civil sobre los medicamentos, para garantizar la salud de la comunidad, además identificaba a Hernán como acaparador de bienes esenciales de la nación. Sin oposición alguna pero lleno de indignación el farmaceuta entregó la medicina al señor de la autoridad, quien no conforme con eso confiscó también el inventario restante, dejando los anaqueles con rastros de que allí hubo medicamentos. Tal fue el decaimiento de la farmacia que se hizo refrán en el pueblo, al referirse a algo sin solución solían decir: sin remedio como la farmacia de Hernán. 
Dos meses pasaron y el primer caso de paludismo llegó de las minas del Callao, Hernán no tuvo como resolverlo, ya que en su local solo vendía especies para solventar una que otra dolencia, el embargo lo había dejado descapitalizado. Esa misma semana llegaron cinco enfermos más y así por cada semana llegaban decenas y decenas, esperanzado en la posesión del jefe civil fue a pedirle que le entreagara en su despacho a cada paciente la dosis necesaria, pero como era de esperarse de un hombre poco escrupuloso. Los medicamentos habían desaparecido.
En medio del caos causado por una enfermedad que había convertido al pueblo en una escenario fantasmagórico, por el aspecto marasmático de quienes golpeados por la fiebre del oro salían en las mañanas a recoger en sus esqueléticos cuerpos, el beneficio del sol matutino. Hernán vendió todo el mobiliario de la farmacia, del consultorio dental y se fue al amazonas a buscar la maravillosa cura de ese mal, la planta de quina. Pasaron quince días y Hernán regresó con dos sacos llenos de hojas las cuales contenían el remedio de la esperanza, se sumergió en un letargico cuarto trasero de la casa prestada y no durmió durante cuatro días y tres noches, preparando el brebaje, el mismo que repartió con ayuda de su mujer quien convencida de sus sueño visionario no dudó en hacerlo al igual que sus dos pequeñas hijas. Repartieron durante un mes la bebida, cada paciente fue renaciendo como el ave fénix, arrebatado de las manos de una muerte segura. El regocijo era grande en cada casa donde la sanidad se manifestaba, los elogios para el farmaceuta no paraban, hasta que producto del cansancio preparó con mal cálculo la poción y se intoxicó un joven que tuvo que ser sacado de emergencia hacia la ciudad. Desde entonces los elogios se convirtieron en amenazas, su integridad y la de su familia dependían de si el joven moría o vivía, tal acontecimiento había borrado como el viento borra las marcas en la arena, todo cuanto había hecho Hernán por salvar a un pueblo de la mortandad.
El joven terminó sucumbiendo en los brazos de la muerte debilitado no por el paludismo, sino por el virus de inmunodeficiencia humana, la autopsia reveló que la causa final fue un paro cardiaco. La comunidad no lo creyó, para ellos fue el farmaceuta. Hernán huyó junto a su familia una noche de diciembre con las dos maletas que había traído llenas de medicamentos, totalmente vacías, la vocación de seguir haciendo el bien y la condena de un pueblo que no le perdonó aquel fatídico error que no cometió.



 

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