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LA FAMILIA HERRADA


 LA FAMILIA HERRADA.

—Mi familia no es mala, solo tienen una bondad invertida.

Decía don Viviano Herrada en la posteridad de sus años, rumiando en la soledad de su viudez, vivía en la casa montonera, esa grande de paredes blancas y techo de láminas de zinc, pisoteadas por fragmentos de piedras para que el viento no las desmontara, justo al pie del gran cerro pan de azucar. Vivía con su hijo Prudencio Herrada, un hombre que se adjudicaba disimuladamente el monopolio de la sinceridad, descubierto en el atropello de sus palabras desmedidas e hirientes. No conocía la empatía. Era casado con Ilustrina Herrada, quien frenética por mantener la posición de una mujer culta y modernista, se había convertido en una come libros. Dormía con las meditaciones de Marco Aurelio bajo la almohada, al despertarse y antes de poner bocado en su boca repasaba religiosamente un libro de astrología, así sabía que le deparaba el destino para ese día, después del almuerzo se sentaba en el corredor con el diario de Ana Frank, para recordar que debía mantener su humildad y ser agradecida con el universo. Corregía sin reparo una palabra mal dicha:

—No se dice haiga, se dice haya —refutaba. Era típico oírla con extranjerismos; please, forever, ouais, etc. Siempre mostrando la carencia de sentido de tales palabras con el contexto de la frase. El climax de su orgullo era escuchar de la boca de un conocido:

—Usted es una mujer letrada sra Ilustrina.

Los frutos del matrimonio Herrada eran Inocencio Herrada y Santa Herrada, el mayor de 25 años ávido en la arte y maña de engañar a los clientes en la pesa de carne, negocio que era de su abuelo. El comercio de vacuno de don Viviano Herrada mantenía el "status" de la familia. Santa Herrada era una flor de 15 años, con los pétalos arrancados por los jardineros del pueblo desde que había empezado con la costumbre mensual propia de las féminas. No conocía el como negarse ante una propuesta indecente, aún así era la niña ejemplar ante los ojos de ceguera autoinflingida de sus padres, prestos para analizar con sus bífidas lenguas la reputación de todas las jóvenes de la comunidad. Oir de la "metida de pata" de alguna ingenua, era motivo para alimentar el ego de la familia, porque a ellos no les pasaban esos actos mal vistos.

Una repentina peste causó la mortandad del ganado y el negocio de don Viviano Herrada se fue a la quiebra, y con el, "el nivel social de la familia". Los conflictos no se hicieron esperar, no había quien llevara la carga económica, el único que había trabajado en su vida con el viejo, era Inocencio, y por su reputación no lo contrataban en ningún lado. Santa se había embarazado sin poder adjudicar con certeza quien sería el padre, Prudencio preso de su inutilidad, presionaba a su mujer para que usara su conocimiento y conseguir un puesto de maestra.—Mi conocimiento no está para impartirlo en las mentes de baja categoría de este pueblo— argumentaba.

Con el paso de los días, don Viviano antiguo instrumento de manutención empezó a estorbar, su hijo Prudencio se quejaba del olor a viejo, su yerna comentaba:

—Leí en el libro del sabio Gerónimo Pompa que el olor a viejo es insalubre, causa rinitis crónica, ahora entiendo este malestar mio en la nariz.

Santa no toleraba la presencia del abuelo le repugnaba por tener un embarazo "delicado", Inocencio lo había amenazado de muerte, presto que según sus cuentas le debía parte del arreglo que le correspondía.

Una tarde de marzo época en la cual el inclemente sol golpea con furia el extenso llano y los chubascos son de total ausencia, se formó una inmensa nube negra en el horizonte, en poco tiempo estaba encima de la casa, don Viviano Herrada se encontraba sentado debajo de un árbol de mango, mitigado el hambre con el fruto de este. Un viento fúrico se acercó en forma de remolino, se posó sobre la casa donde la familia luego del banquete al que no había sido invitado el anciano, tomaban la ciesta. La casa fue arrancada desde los cimientos y fue a dar a la cúspide del cerro, de la familia Herrada, solo quedó don Viviano.


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