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LA ENFERMERA QUE VENDIÓ SU LÁMPARA.


 LA ENFERMERA QUE VENDIÓ SU LÁMPARA.

La paciencia de la licenciada Gladys Bonna era imperturbable, sentada en una silla mecedora de madera, tejía plácidamente un gorro para una de sus doce nietas. Aunque poco la visitaban siempre que iban la llenaban de agasajos y uno que otro presente, y se excusaban de que la vida en la ciudad las tenía estresadas con tanto correr y corre. Balanceándose en esa mecedora recordó el día que vendió su lámpara. No fue una decisión que tomará a la ligera, pero la circunstancia de aquel entonces la llevaron a tomar decisiones necesarias para solventar la crisis. 

Había sido la única enfermera de su pequeño pueblo durante quince años hasta que la modernización llegó, los cuales dividía en dos partes, los primeros cinco fueron de formación, el resto su vida entera. Para los años 80, era común que los módulos de atención de los rincones del país, no contaran con un médico residente, salvo algunos más privilegiados tenían la visita de un galeno cada quince o veinte días. Por esa razón Gladys era una de esas enfermeras que contaba con un permiso de medicina simplificada, le bastó para arrebatar de los brazos de la muerte, algún desdichado que identificaba su rostro como sinónimo de salvación. Se había formado como auxiliar de enfermería, muy habida en la lectura de libros de semiología, fisiología, admiradora del trabajo del dr Arnoldo Gabaldón para contrarrestar la malaria. Y sobre todo se comía los textos de su área preferida; obstetricia. No había un nuevo habitante desde el inicio de su ejercicio que no hubiera sido recibido por sus manos.

Al tercer año haber asumido tal compromiso, se caso teniendo apenas veintitrés frondosos años, su esposo un minero que venía de tiempo en tiempo, del cual tuvo tres hijos varones. La vida le permitió vivir con su pareja solo siete años. A seis meses de su trajica muerte, le trajo una lámpara de esas simbólicas de la profesión, era de oro con dos diminutas piedrecillas de diamante en la asa casi imperceptibles. Gladys la guardó dentro de un cofrecito de madera de saman que mandó a hacer especialmente para eso, y cada 12 de mayo fecha en la que murió su esposo la sacaba y la empezaba a frotar con el mismo pañuelo que secaba sus lágrimas, como si deseara que el espíritu de quien amaba saliera de allí a darle un beso y un cálido abrazo. 

Era tanta la entrega a la profesion que Gladys se olvidó de ciertas costumbres naturales del ser humano, como la pasión, el hambre de desear y ser deseada. Su viudez fue intangible al sustituirla por el lazo irrompible con la pasión por el servir, tal era su desenfreno que sus hijos carecían de madre y el pueblo contaba con una enfermera que hacía milagros. 

En los azares del tiempo y la inevitable evolución, llegó el cambio en materia de salud para el pequeño consultorio, dos enfermeras con título universitario en mano llegaron para traer conocimiento fresco. Empezó la división por turnos rotativos, dos médicos uno general y uno pediátrico iban dos veces por semana desde la capital del municipio. Gladis se mostró renuente en un principio al cambio, pero no dependía si ella queria o no. Pocos meses pasaron para que le llegara un sobre con una resolución que dejaba explícito que la figura de auxiliar sería eliminada por orden de la cartera ministerial, y anexo un permiso para ir a profesionalizarse en la universidad de la capital cada quince días. 

El siglo XXI si que le había cambiado la vida, y como siempre trataba de verle el lado bueno a todo, se consolaba con que la gente ya no la llamaría Gladys Bonna a secas, sino la licenciada Gladys Bonna, que dicho en voz alta le llegaba a su ego. Se graduó con honores, cosa que en ella una mujer autoexigente, era más que natural.

Pasaron los tres primeros lustros del siglo veintiuno y un ito social y político llegó a estropear todos los sectores de la sociedad, Gladys vio a sus hijos hechos de niño a adolescentes, la injusticia convertida en ley y su sueldo convertido en limosna. Aguantó haciendo maromas con sus ahorros y vendiendo algunas reces que había adquirido a manera de inversión, un año. Experimentó el tener que salir de sus preciados bienes para cubrir una necesidad que años atrás era tan simple de suplir, como lo era el comer.

Para colmo de males su hijo mayor que ya contaba con edad de trabajar se fue a las minas siguiendo la costumbre de su padre, a los tres meses regresó con malaria y en un estado marasmatico. Su segundo hijo habia caido en una profunda tristeza ya que su anhelo era ingresar a la universidad, pero los fondos premeditaban lo contrario. Una decadencia terrible se había venido sobre la familia. 

Para paliar la situación, cubría turnos de más de 24 hs. vendía dulces de todo tipo, jugo los fines de semana, pero nada era suficiente. Solo terminaba por darse cuenta que el único rédito de su esfuerzo, era el cansancio. Paulatinamente siguió la venta de los bienes de la casa, el juego de recibo primero, luego un closet hecho de madera samán y así hasta que no tuvieron ni donde sentarse más que en el piso. 

La alegría qué robosaba el hogar cada quincena sobre todo la de fin de mes, se había convertido en un lamento solapado por la magia de comprar por lo menos el arroz y los frijoles. No se le murió el hijo mayor de paludismo, gracias a un brebaje que le recomendó un indígena a base de una planta llamada cundeamor. Porque ir a tratarlo a la ciudad era una utopía.

Una mañana del doce de mayo tal como acostumbraba siempre, entró a su cuarto pasada las once de la mañana, sin haber probado el primer bocado del día, tomó el cofre donde guardaba la lámpara y está vez no para frotarla, la saco del cofre la envolvió en un pedazo de tela y salió rumbo a la única casa de empeño del pueblo. No llevaba mucha esperanza de hacer un buen negocio puesto que él dueño era un viejo conocido por sus artimañas para estafar a sus clientes, su marido le había dicho que si algún día llegaba la desgracia, con esa lámpara podía rehacer su vida en vista de que valía una fortuna. 

Pero el de la casa de empeño no opinó lo mismo, conocía la necesidad de la enfermera y justo era asi como a él le gustaban los clientes. Desesperados, esos son los que entregaban hasta la vida por unos centavos, trató Gladys de negociar un precio razonable, pero la necesidad tiene cara de perro. El viejo le puso un billete de cincuenta dólares sobre el mostrador, tomó la lámpara sin ocultar su mirada saturada de avaricia, y le pidió qué se retirara como si fuese una perra con sarna. 

Sin un abanico de opciones por delante, tomó el billete y se fue llorando durante el camino, sabiendo que no había mal vendido una lámpara, había dejado allí el único vínculo material que le mantenía vivo el recuerdo del hombre que había amado. La mala situación económica se mantuvo en el tiempo, su hijo mayor al sentirse recuperado se marchó de nuevo a las minas, llevándose a sus dos hermanos menores, uno de apenas dieciséis años y el otro con catorce recién cumplidos. Las lágrimas de amargura de la enfermera despidieron a los tres frutos de su vida, fueron pasando los años, sus hijos no iban a visitarla, pero la comunicación y el envío de dinero aunque poco, eran periódicos. Formaron sus familias y trabajaron en las minas hasta el nefasto día que un derrumbe les sirvió de tumba. Al recibir la trágica noticia la madre ya avanzada en años se quería morir, a los treinta días de duelo le llegó por correo la resolución de su jubilación, junto a un sobre con cuya cantidad de dinero dentro, solo le alcanzó para comprar una caja de fósforo y una vela para dedicarla a la memoria de sus tres hijos. Quince días después le enviaron de la dirección de salud revolucionaria y popular, un certificado donde le agradecian su dedicación y entrega durante sus 35 años de servicio. Y en todo el centro del papel estaba estampada una lámpara.

—Solo eso me quedó —exclamó —un pedazo de papel con una lámpara pintada, y la compañía inmensurable de la soledad en este asilo.

Sonrió y en un acto de consuelo se dijo así misma: 

—Tengo dos cosas que nunca perdí, la vocación de servir y la tranquilidad de que hice con mi vida el mayor gesto que se puede hacer por el prójimo, cuidarlo.


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