Ir al contenido principal

EL ÚLTIMO LATIDO DE LA LUNA.


 EL ÚLTIMO LATIDO DE LA LUNA.

Cada persona tiene su preferencia por alguna manifestación de la naturaleza, como el olor a tierra mojada, el pétricor en cada lluvia, los atardeceres sobre las aguas; tal como suceden sobre el río Orinoco. Dando la impresión de que el sol quisiera sofocar su calor en la acuarela de esas corrientes.
El joven Benito Raul tenía un gusto predilecto por las noches de luna clara, tal vez por la bohomía que causaban la partitura de los rayos de luz a las tinieblas, o quizás porque le recordaba el nombre de su madre muerta; Clara como la luz de la luna. Aprovechaba siempre esas trémulas noches para sentarse en el patio de su casa y ponerse a reflexionar sobre la vida, o hacer algún chiste según como estuviese de ánimo. Había nacido con un corazón condicionado. Tenía cuatro malformaciones en una, aún así no le era excusa para abrirle un espacio a la felicidad, a el amor y el perdón. Según su razonamiento eran las tres comidas fundamentales para vivir en paz. 
El descontrol de las palpitaciones de su accidentado corazón era periódico, y sin solución porque su problema se debió corregir antes de los siete años, le dijo el médico. Pero él ya pasaba de los treinta. No había ni mundo ni remedio, le tocaba vivir con la certeza de que la muerte siempre estaba sentada una butaca, leyendo la revista de crónicas a la puerta de su casa esperándolo para el viaje.
—Eres un milagro que camina, —le acostumbraba decir el dr en cada consulta.
Su risa espantada maquillaba una tristeza inevitable, la cual le confesaba en un mítico silencio a Dios en los rincones de su soledad. No poder suplir a su pequeña hija y a su mujer de las necesidades básicas que todo hombre de familia, por naturaleza provee. 
Se había acostumbrado a los golpes de la vida, a la escasez y a las constantes visitas al hospital, obligatorias cuando sus piernas llenas de líquido parecían globos de hule. Conocía tanto de sufrimiento que mientras alguien se quejaba por no tener pan, el se pasaba la mano por el inflado estómago lleno de aire, sin una queja. Cuando alguien se quejaba por una infección en la orina, el se tallaba la barriga a la altura de vejiga y sonreía a pesar de los tres o cuatro días sin orinar. 
En una de esas tantas reuniones familiares, alguien le preguntó si le tenía miedo a la muerte. Él después de un diminuto silencio respondió que sólo le temía al hecho de abandonar en contra de su voluntad a su pequeña hija, y al fraude de quedarle debiendo a su mujer la promesa de estar a su lado hasta las canas. En cambio a la muerte no, el aseguraba que en una conversación con Dios, Este le aseguró una de sus moradas. Lo replicaba con tal seguridad que convencía a todos de no estar delirante. 
Una noche de luna llena donde los grillo entonaban una meliflua canción acompañaba por el acorde de los sapos y un aguaitacamino que servía de tenor, salió a caminar al patio mirando al cielo y señalando como si contara las estrellas, daba esa impresión por el balbuceo que ni su mujer ni su hija entendieron. Ese día desde muy temprano su corazón galopaba como un caballo desbocado, y una rara sensación después de leer un salmo se había apoderado de el; pero lejos de ser mala, le brindaba paz.
Dejó de caminar por el patio donde la luz de la lámpara no le alcanzaba y caminó hacia el corredor, a paso lento por el peso de las piernas ensanchadas de líquido. Su mujer estaba lavando unos platos que habían quedado sin mancha, por la precariedad de la cena. Pensaba en la falta de dinero para la próxima consulta, ensimismada levantó el rostro y lo miró fijamente. Y se sorprendió al verlo con una cara de felicidad tan inmensurable, que no la había tenido desde el nacimiento de la niña. Con una voz que retenía el llanto en la garganta ella le preguntó:
—¿Por qué tan contento negro?
El respondió:
 —Porque Dios es bueno, y ya no habrá más sufrimiento, le pregunté cuando vendría por mí y me dijo "ya mandé por ti"
—¿Eso hablabas señalando al cielo?
—Sí, eso...
Su mujer y su hija, a pesar de su corta edad, se quedaron perplejas y por razones de esas que se explican con un encogimiento de hombros, lo vieron que se fue a su cuarto con la cara típica de un adolescente que tiene las maletas de viaje listas para partir a Londres o París, como tanto habia soñado. Se había resignado a que un calendario de más hojas no había sido diseñado para el, los saltos desordenados de su corazón esa noche cesaron para siempre.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

EL IDIOMA DE UN JUDIO.

EL IDIOMA DE UN JUDIO. El anciano Asaf Ben Amir tenía una pequeña zapatera donde resucitaba el calzado de todos los pobladores de mi pueblo, parecía hacer magia con los trastes de cuero sintético o real, que por tanto trajinar se convertían prácticamente en desecho. A mi me encantaba visitar el pequeño negocio cada cuanto mis zapatos perdían la zuela por tanto correr sobre la superficie rustica del patio de mi casa, aquel lugar me parecía maravilloso. Para mi el señor Asaf había sido viejo desde siempre. Cierto por la imprudencia que es intrínseca a la adolescencia, le pregunté donde había nacido. Recuerdo que me respondió sin perder la concentración en el tejido de unos zapatos de gala que parecían de una fina marca. —Al otro lado del mar, allí nací yo. Intrigado por saber le pedí que me contara como era allá del otro la del mar, quise saber si hablaban otro idioma. —Hablan igual que aquí —me dijo. —Y... ¿es bonito donde usted nació? Dejó de cocer y se ajustó los grandes lentes que se...

ANAMELIA DESAPARECIDA. II PARTE CONTINUACION...

Llegó la tarde de ese día y Anamelia no llegó  para la quesera de su abuelo, tampoco para su casa; don Anastasio en vista que esa mañana su adoración no llegó por la preciada leche. Para aumentar su preocupación en la casa estaban consternados por la ausencia de Anamelia, la madre ahogada en desespero; se paseaba de un extremo a otro en la cocina, rechinando unas viejas cholas sintéticas a cada paso. Y daba plegarias a Dios para que nada malo le pasara a su hija; y era inevitable que a los hermanos, vecinos y hasta el mismo don Anastasio no se les reflejara en la mente el atroz asesinato que había pasado semanas antes con la joven hija de doña Paola. Confusión, impotencia desesperanza se apoderaban cada vez más. Don Anastasio en compañía de su compadre Argimiro y otros voluntarios más se hicieron un equipo de búsqueda para rastrear la zona; recorrieron la vieja carretera una y otra vez. Daban voces pronunciando su nombre, pero solo el sórdido eco de la montaña les respondía; se ade...

POEMA: OLVIDAR AMANDO

LEER NUTRE LA MENTE OLVIDAR AMANDO. Asómate a la ventana de tus sentimientos, dime que ves; dime que no es cierto, que el sol del olvido alumbra tu pecho. Dime si me miras en tus pensamientos, dime si he llorado, o si estoy sonriendo; dime si mi rostro se está decayendo; quiero que me digas sin que sientas miedo, si la flor hermosa de promesa y sueños; se muere de frio, le llegó su tiempo. Si me ves tan solo, en tus pensamientos; quiero que me abraces que me des un beso; no serás culpable del triste momento. No fue desamor, no fueron los celos; déjame explicarte como yo lo entiendo. Factores extraños mermaron tu afecto, te hicieron cambiar tu anterior aspecto y, si alguien pregunta ¿Cómo eres por dentro? Cerraré mis ojos y diré sonriendo; en su corazón tiene un monumento, labrado en amor cubierto en silencio.