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EL IDIOMA DE UN JUDIO.

EL IDIOMA DE UN JUDIO.

El anciano Asaf Ben Amir tenía una pequeña zapatera donde resucitaba el calzado de todos los pobladores de mi pueblo, parecía hacer magia con los trastes de cuero sintético o real, que por tanto trajinar se convertían prácticamente en desecho. A mi me encantaba visitar el pequeño negocio cada cuanto mis zapatos perdían la zuela por tanto correr sobre la superficie rustica del patio de mi casa, aquel lugar me parecía maravilloso. Para mi el señor Asaf había sido viejo desde siempre.

Cierto por la imprudencia que es intrínseca a la adolescencia, le pregunté donde había nacido. Recuerdo que me respondió sin perder la concentración en el tejido de unos zapatos de gala que parecían de una fina marca.

—Al otro lado del mar, allí nací yo.

Intrigado por saber le pedí que me contara como era allá del otro la del mar, quise saber si hablaban otro idioma.

—Hablan igual que aquí —me dijo.

—Y... ¿es bonito donde usted nació?

Dejó de cocer y se ajustó los grandes lentes que se rodaban en su tabique cada vez que se encorbaba para cocer mejor, suspiró con melancolía y dijo:

—Lo era.

—¿Y que le sucedió?. —Le pregunté.

—Unas estrellas llenas de polvoras que caían del cielo, convirtieron el jardín que era en escombros.

Yo sabía que las estrellas caían del cielo, pero solo servían para pedir deseos, no para dañar lugares. Noté lo trémulo de su rostro y le pregunté nuevamente si extrañaba a la familia que había dejado en su lugar natal.

—Solo yo pude sobrevivir. —Respondió con una notable resignación de que no me iría hasta que me contara su historia.

Dejó el zapato a un lado, enrolló el nylon sobre la ajuga, me miró de frente y empezó a contarme el por que salió de su tierra, y como llegó hasta mi pueblo. 

Empezó su relato detallando desde la primera noche en el 1939 cuando el apenas tenía siete años, y la noche se iluminó con esas estrellas llenas de polvoras que caían sobre las casas convirtiéndolas en bolas de fuego, jura no olvidar el estrepitoso ruido que hacía el enjambre de aviones que tapaban la luz de la luna. El y su familia se encerraron en el sótano de la casa tratando de no ser alcanzados por estas estrellas de fuego, el evento se repetía como el ensayo de una escena de película cada noche. Me dijo que así durante todo un año, y luego de las estrellas ardientes vino el hambre, unos hombres malvados se encargaban de supervisar hasta el pensamiento de las personas. Los obligaron a portar un brazalete en forma de estrella en el brazo, a sus dos hermanas una de quince y la otra de dieciocho años, fueron las primeras en ser llevadas a una supuesta fábrica de uniformes, de la cual nunca regresaron. Tres meses después vinieron por sus padres y por él, con la promesa de ser reubicados lejos del alcance de la destrucción. Fue allí cuando conoció el infierno en la tierra, los llevaron a un lugar donde las personas parecían muertos andantes, la comida era un privilegio si la probaban una vez al día, allí no había tiempo para guardar el shabat. Fue separado de sus padres, no supo más de ellos, sino hasta el final de aquella época oscura cuando los nombres de las víctimas de la solución final, fueron revelados por los llamados libertadores y alli estaban los de sus padres y sus hermanas.

Asegura haber sobrevivido porque Dios así lo había dispuesto, a su parecer la muerte dormía con él en las putrefactas barracas donde el cansancio por el trabajo forzado y el hambre, se disputaban si lo dejaban conciliar el sueño o no. Me dijo que el tenia dos fechas de nacimiento, una registrada al nacer con toda precisión por sus padres, y la otra es algún día del mes de mayo de 1945 cuando fue liberado por las fuerzas aliadas siendo ya un adolescente. 

Al sentirse nuevamente libre de una manera casi simbólica, salió caminando del campo de refugiados hasta su pueblo de origen durante una semana, solo para encontrar muerte y desolación. Unos amigos de cautiverio le informaron que ellos salían la semana siguiente a América, y si quería podía irse con ellos. Rodeado de miseria no titubeó y se embarcó en un trasatlántico llamado Amistad. 

Treinta y tres días transcurrieron desde que zarparon del maltrecho puerto hasta llegar a la ciudad de Puerto Cabello, con brillo en los ojos me aseguró delante de Dios como testigo, que allí probó a que sabía la verdadera libertad. Le preocupaba el idioma pues había oido comentarios, que allí se hablaba español. Su sorpresa fue que al desembarcar pasada las ocho de la noche, los esperaban con una gran fiesta. Los tambores repicaban, las flores llovían por las calles no entendió ni una palabra de las que aquellos fervientes anfitriones le gritaban cerca del oído. Lo verbal era ininteligible, pero el gesto fue el mayor canal de comunicación que jamás había conocido.

—Lo único que entendí esa noche es que el amor, es el lenguaje universal de los que nos quedamos sin patria, y aquí al igual que en mi pueblo natal se habla ese mismo idioma. —Exclamó el anciano mientras una lagrima gruesa hacia un surco en su rostro embadurnado de betumen para pintar zapatos.

—¿Quisiera volver usted a su país?, —le pregunté. Se encogió de hombros y me respondió tajante:

—¿Cómo que volver?. Si desde que llegué nunca me he ido.



 

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