Ir al contenido principal

LOS CUATRO CIMARRONES

                     LOS CUATRO CIMARRONES

Típico atardecer el en llano, el sol rojizo como si lanzara destellos de sangre, el bramar de vacunos, el silbido de un llanero que se pierde hacia la calceta. Los pericos revolotean de un lado a otro con un alboroto como si se viniera acabando el mundo; los guineos con su negativo canto le dan un toque de tristeza al ocaso. Un niño amontona la bosta recién traída del corral, para ahuyentar con el sorbo del humo de la bosta encendida a la soberbia plaga; que ataca sin clemencia durante la noche. Por el camino del morichal viene cantando un pasaje, en cuya letra se recuerda a un amor tormentoso del pasado; Mariano Antonio Medina dueño del fundo los cuatro cimarrones, herencia que le perteneció a su abuelo un viejo general de la época de Gómez.

-¿ya tienes listo el café maría? –pregunta a la mujer de hermosa estampa quien era su esposa.

-y me quedó fuerte, como a ti te gusta- responde desde su cocina con una evidente sonrisa de complacencia para su amado.

Mariano era un hombre físicamente de buena dote, acostumbrado al trabajo de llano desde la infancia; y a pesar de su tiempo en la ciudad cuando se fue a realizar sus estudios en agronomía, no había perdido el tacto en los oficios del llano. Era a quien todos los vecinos le consultaban sobre algún remedio, cuando se presentaba alguna peste en los animales. Debido a la perdida de la concepción del salario paupérrimo que tenía en la principal agropecuaria del estado, decidió meterse de lleno con el fundo y darle calor, para ponerle el rostro bonito como el mismo decía.

María era maestra, la única maestra en kilómetros del caserío los centauros, muy preparada y entregada a lo que hacía, ya no por percibir un sueldo; sino para que los desventurados niños no se quedaran analfabetas. Entre ellos Luis Mariano, quien ya teniendo doce años ambos lo observaban deleitándose en su taza de café, haciéndose la retórica pregunta que tantas veces había rondado en sus cabezas ¿para donde lo enviarían a sacar el bachiller?

Jadeante venia llegando Pedro José con una noticia un tanto incomoda –primo me avisaron que el encargado del hato la golondrinas, dió aviso de que todos los ganaderos de la zona; tenemos que entregar el queso a una fundación del gobierno para que ellos lo vendan en una feria popular.

-yo no creo primo que eso sea así, imagino de ser así el precio al querrán pagarnos –intervino Mariano mostrando su disgusto por la noticia.

-¿pagarnos? –Preguntó Pedro José haciendo una mueca en la boca, y frunciendo el ceño –eso costos del gobierno no se les puede llamar ni precio.  

A la reunión se le agrega el viejo Genaro, un hombre de poca letra; muy golpeado por los años su doblada figura lo demostraba. Un hombre que a pesar de su vasta experiencia, parecía que su vejez había mermado su entusiasmo y su deseo de lucha.

-¿cómo están los señores?-saluda apoyándose en su bastón brillante de araguaney.

-estamos bien, gracias a Dios -responden a una voz -pase y siéntese.

-dirán ustedes que soy bien safrisco, pero escuché como que hablaban de una feria- a lo que María le interrumpe –don Genaro pero usted tiene buen oído, así dice y que no oye muy bien.

-no mijita no crea, a veces estoy que no oigo naita –decía mientras se sentaba con lentitud en una silla de cuero.

Mariano con su elocuencia le dio una breve reseña –resulta don Genaro, que el gobierno parece que nos va a pedir que le vendamos el queso, o no será ni vender será regalar; según para unas ferias populares.

-¿y eso sería malo o bueno? ¿Qué dicen ustedes? –pregunta como con un aire de incomodidad ya que para su juicio, el hombre como le llamaba defendía al pueblo con las uñas.

-malo don Genaro eso no tiene nada productivo para nosotros, para nadie es una mentira el manejo de la moneda extranjera en este país; y le aseguro que ellos nos vendrán pagando con unos piches centavos.

-bueno muchachos pero ustedes le ven lo malo, pero miren la parte guena; el producto iría pa´ la comunidad y a menor precio; mire que el hombre dijo ayer por la radio que está luchando por llevale la comida al pueblo.

-eso suena bonito don Genaro, pero mi trabajo cuesta además que con regalar mi trabajo, las tres bocas que tengo en casa no van a comer –replicó Pedro José enrollándose el ruedo del pantalón.

-caracha por la mezquindad estamos como estamos, después decimos que el hombre es quien tiene la culpa; pero es que nosotros mismos no colaboramos para  salí de la mala situación –dijo don Genaro justificando una mala gestión, que para el mismo era paupérrima; pareciera que se le había fundido el juicio, quizás porque no todos los días podía ver el pan sobre la mesa las tres veces.

-vea don Genaro yo le voy a decir lo que es colaborar con la comunidad –dijo mariano con ímpetu, señalando con su mano derecha hacia el corral de ordeño –esa empalizada se pone todos los días en la mañana que no cabe un alma, con garrafas de todos los tamaños, y si no les pongo una medida me quedo sin leche para la cuajada; pero no se la niego porque sé que muchos, eso es lo que van a desayunar con guarapo.

Don Genaro guardó silencio, paseando en su boca una mascada de tabaco; el silencio se debía a que sus nietos también venían a buscar del preciado líquido. Él había sido dueño de rebaños, pero sus malas decisiones lo llevaron a la ruina.

Pasada una semana el rumor se hacía cierto, un carro rustico llegó al tranquero del hato los cuatro cimarrones. Tres hombres con chalecos identificados del ministerio de alimentos, bajan del vehículo cada uno con una carpeta debajo del brazo. Tenían lentes oscuros, la circunferencia de sus cavidades abdominales y los zapatos de marca daban el aspecto, de que una crisis solo existe para los gobernados. Continuará… 

 

 

 

 

 

 

Comentarios